La historia de una ex princesa (2)

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-Disculpe, usted… –Escuché una voz detrás de unos arbustos

-¿Desea algo? –Pregunté cortésmente

-Su nombre, princesa… –

-No se lo daría jamás a un extraño –

-Pero si somos vecinos. La he sentido todo este tiempo. La he escuchado llorar y reír. También he observado como minuciosamente se pone su vestido magistral debajo de esos jeans… –

¿Hay alguna otra manera de definir el sentirse desnuda? Ahí estaba, después de tanta búsqueda un príncipe, al parecer uno de verdad, que quería saber mi nombre y llevaba bastante tiempo observándome en secreto. Lo más triste de mi situación fue que meses antes había decidido empezar a usar vestidos enormes por si llegase el día de encontrarme con mi amado, para que me viera hermosa cual princesa, sin embargo, luego de unos días me fue demasiado incómodo trepar por los árboles y adentrarme en los bosques por lo que decidí usar jeans y zapatillas debajo de tanta glamurosidad. El hecho de que un príncipe, probablemente, el mío, me viera en tan humillante fase fue suficiente para generarme una oleada de calor en las mejillas.

-¡No hay necesidad de avergonzarse, amiga! Se bien que no se te acomodan estas cursilerías pero es que te he visto todo este tiempo porque me intrigas, no eres como las princesas convencionales y aun así nunca podría negar que usted si que es una princesa y no lo entiendo. Su nombre, si fuera tan amable… –

-Beatriz… –Dije ya muy sorprendida.

-¡Un gusto, princesa Beatriz! Yo soy el príncipe Felipe, vivo justo al lado de usted. Cuando usted se va yo le sigo, y si usted se queda me escondo para que no me encuentre. Tengo un hermano gemelo que vive muy lejos de aquí. Unos sirvientes que siempre visten de azul. No viajo a la luna como usted, ya que nadie nunca me ha invitado. No soy un hombre de noche si no que de día. Mi amiga no es la luna, pero la respeto, mi amigo es el sol. Me regaló un fénix hace unos años que hace de mi única compañía. Mi gran pasatiempo es salir a cazar con ropas costosas, salvar damiselas, y dormir en silencio. –

En ese momento me quedé callada. No sabía qué decir ni por donde empezar. Un hombre que se presenta en mi vida de una manera tan segura, tan única, y que además tiene el valor de presentarse cómo legítimo príncipe, que suele espiarme y seguirme donde quiera que vaya. ¿Quién era él, realmente? ¿Podría confiar en sus palabras?

-Yo sé mucho de usted, mi estimada. Sé que le gusta viajar, que una vez al día va a la luna, que tiene una amiga por allá, que de repente llora en las noches cuando está dormida y usted ni se da cuenta. Sé que tiene un pegaso que la adora en demasía. Sé que hasta tiene su propio planeta que nunca visita. Sé que le gusta el té, y le molesta andar con vestido. Sé que se disfraza de aldeana y que ha besado muchas ranas. Sé todo sobre su bolsa y su túnel. Y aun así no la conozco en lo absoluto. –

En ese momento todo se puso negro a mis ojos, no sólo me sentía desnuda, sino que estaba abrumada de conocer a alguien dentro de todos los mundos que supiera tanto, y más, de mí. Quizás Felipe se acercó y se dio a ver para conocerme aun más, quizás…

-Sólo quería que usted supiera que yo igual existo. Que yo igual espero. Que creo saber un poco como se siente. No quiero ser su príncipe, no lo soportaría. Pero quería que usted supiera que no está sola y que no son sólo princesas las que miran las estrellas y piden deseos… –

-Mire, príncipe Felipe. Usted nunca podrá conocerme. Puede observarme y todo lo que quiera, pero yo no soy cómo usted. Gracias por su atención, ahora si me disculpa… –Grité enojadísima, y le di la espalda.

-¿A la luna? –

Increíblemente, me conocía. La Luna era exactamente mi próxima parada. Realmente ese hombre había despertado ese día con el afán de ofenderme.

-Si, señor. Voy a la luna. Y ni piense que va a llegar a conocerla, porque jamás  lo invitaría. Vaya a dormir en silencio y aproveche de dejar todo lo que queda del bosque bien limpio y ordenado. ¡Y no me importa que sea un príncipe! Aprenda a caminar sin esas joyas ni esas cuchillas. Permiso. –

Y viajé a la Luna con una rabia de los mil demonios, lo complicado fue al llegar allá. Ustedes probablemente no entiendan, sucede que en la Luna se permiten algunos sentimientos, cómo la soledad, la tristeza, el vacío, la nostalgia y algunos que otros sentimientos nuevos. La rabia, precisamente, no estaba dentro

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